Miedo. El compañero de viaje al que nunca debemos escuchar.

A
Miedos
story by
Jonás Pons

Los preparativos del viaje siempre es la parte que menos me gusta. No me gusta preparar u organizar nada: disfruto más fluyendo. Así que lo dejo todo para el último día y último segundo (lo que le da más intensidad al reto).De esta manera no me agobio y evito factores que me limiten y me compliquen más el viaje. Pero es justamente allí cuando más miedo siento.

El proceso de toma de decisiones es bastante divertido. Primero piensas qué te apetece hacer, dónde ir, tienes ideas sobre cómo, etc. Poco a poco le vas dando vueltas hasta que plasmas esa idea inicial en algo más serio y firme. Y sientes mucha emoción y ganas por vivirlo (todo está ya en tu mente, por más que después sea totalmente distinto a como te lo habías imaginado). Pero una vez avanzan los días, es inevitable sentir esa sensación tan común y presente antes de iniciar una aventura de este tipo: miedo.

Es en los días antes de iniciar el viaje, justo al ver que me tendré que enfrentar a lo desconocido de manera inminente, es cuando más miedo siento. Pero después de haber vivido tantas experiencias similares simplemente sabes que no hay alternativa. Es normal sentir miedo, y siempre estará allí. Lo importante es dejar de escucharlo y dar el paso hacia lo desconocido. Algo que ayuda mucho en este sentido es compartirlo con tus círculos cercanos: entonces sabes que ya no hay vuelta atrás. Una vez decides aceptar y afrontar esos miedo (¿estaré preparado?, ¿saldrá todo bien?), todo empieza a ir sobre ruedas.

El día del viaje salí de la puerta de mi casa y ya no existía ese temor. Únicamente habían emociones positivas. Sentía un cosquilleo intenso y no podía parar de pensar qué diría sobre lo que estaba a punto vivir si me encontraba a algún conocido por la calle. La decisión estaba tomada. Estaba a punto de salir de nuevo de mi zona de confort. Y eso me animaba todavía más. Cuanto más me alejo del punto de origen más motivado me encuentro. Cuanto más me alejo de lo conocido, más me adentro en mi hábitat natural.

¿Demasiado ambicioso?

Siempre he tenido claro que la mejor manera de viajar es sobre dos ruedas. Estar en ruta durante la mayoría del tiempo mientras sientes el viento y las condiciones climatológicas directamente en tu cuerpo. Sin duda un cóctel de emociones que te hace vibrar. Y ahora necesitaba un nuevo reto. Algo que nunca antes había vivido pero que me permitiera seguir saliendo de mi zona de confort. Algo que no fuera fácil para mi. He hecho viajes largos en bicicleta, pero nunca en moto, pues no tenía la titulación.

Así que tan pronto como la obtuve planifiqué mi siguiente viaje. Lo que en ese momento no sabía es que lo que tan claro veía en mi mente podía convertirse en un viaje demasiado largo y complicado para alguien que solo había llevado motos de 125cc y que tenía una semana de carné. Llevar una moto de 750cc de 220 kg y con carga por una zona totalmente desconocida y con carreteras en las peores condiciones que me podía esperar sería un reto mucho mayor de lo que había imaginado.

Miedo. El compañero de viaje al que nunca debemos escuchar.

Los preparativos del viaje siempre es la parte que menos me gusta. No me gusta preparar u organizar nada: disfruto más fluyendo. Así que lo dejo todo para el último día y último segundo (lo que le da más intensidad al reto).De esta manera no me agobio y evito factores que me limiten y me compliquen más el viaje. Pero es justamente allí cuando más miedo siento.

El proceso de toma de decisiones es bastante divertido. Primero piensas qué te apetece hacer, dónde ir, tienes ideas sobre cómo, etc. Poco a poco le vas dando vueltas hasta que plasmas esa idea inicial en algo más serio y firme. Y sientes mucha emoción y ganas por vivirlo (todo está ya en tu mente, por más que después sea totalmente distinto a como te lo habías imaginado). Pero una vez avanzan los días, es inevitable sentir esa sensación tan común y presente antes de iniciar una aventura de este tipo: miedo.

Es en los días antes de iniciar el viaje, justo al ver que me tendré que enfrentar a lo desconocido de manera inminente, es cuando más miedo siento. Pero después de haber vivido tantas experiencias similares simplemente sabes que no hay alternativa. Es normal sentir miedo, y siempre estará allí. Lo importante es dejar de escucharlo y dar el paso hacia lo desconocido. Algo que ayuda mucho en este sentido es compartirlo con tus círculos cercanos: entonces sabes que ya no hay vuelta atrás. Una vez decides aceptar y afrontar esos miedo (¿estaré preparado?, ¿saldrá todo bien?), todo empieza a ir sobre ruedas.

El día del viaje salí de la puerta de mi casa y ya no existía ese temor. Únicamente habían emociones positivas. Sentía un cosquilleo intenso y no podía parar de pensar qué diría sobre lo que estaba a punto vivir si me encontraba a algún conocido por la calle. La decisión estaba tomada. Estaba a punto de salir de nuevo de mi zona de confort. Y eso me animaba todavía más. Cuanto más me alejo del punto de origen más motivado me encuentro. Cuanto más me alejo de lo conocido, más me adentro en mi hábitat natural.

Encontrando la fuerza interior

Mi objetivo con este viaje era ver dónde estaban mis límites. Vivir una experiencia totalmente nueva que me sacara de la zona de confort de un modo totalmente diferente a lo que estaba acostumbrado. Y desde luego que lo conseguí.

Lo que en un principio parecía una ruta vibrante capaz de generar recuerdos únicos, poco a poco se fue convirtiendo en un reto físico muy duro. Me encontraba en medio del Norte africano con una moto muy pesada que me costaba controlar. Mi falta de experiencia empezaba a hacerse notar. Un sol que no paraba de emitir rayos incesantes sobre mí, hacía que el calor fuese insoportable. Todo esto hacía que me cansara muchísimo con la conducción, hasta llegar a vivir momentos en los que lo pasé realmente mal. ¿Cuál era la finalidad de todo eso? ¿Por qué me había decidido a hacer este viaje tan duro?

En esos momentos nada tenía sentido. Pero es en esos instantes tan duros en los que recuerdo exactamente el motivo por el que me embarco en viajes de este tipo. Es en esos momentos en los que no puedo más que vuelvo a entender que la vida es justamente eso. No creo que estemos hechos para vivir para trabajar en una oficina de 8h a 15:00 y ganar un sueldo justo para sobrevivir. Discrepo con la idea de tener que dirigir y dedicar toda tu vida a ella. Sinceramente creo que hemos nacido para mucho más. Y justamente allí, bajo el cálido clima africano y con una moto que pesaba 3 veces más que yo en mis manos, lo recordé. Fue justamente eso es lo que me hizo seguir adelante.

Es difícil explicar cómo uno se siente en estos momentos, pero si de alguna manera lo puedo describir es como más vivo que nunca. Las emociones son un mix muy fuerte, pero había una principal: la de seguir adelante y pensar como seguir avanzando. Y eso es lo que hice, sintiendo una de esas transformaciones que nos permiten dar un paso adelante hacia nuestra mejor versión.

Un verdadero ejemplo a seguir

Pero la aventura tenía que seguir. Hay algo realmente transformador y que solo en lugares así podemos experimentar. Y esa sería mi siguiente parada.

Durante varios días colaboré directamente con un grupo de voluntarios españoles en una escuela local.

School

El poder compartir tantos momentos con los niños y gente joven de poblado, gente con ganas de cambiar el mundo y que se dejan la piel ayudando a otras personas e intentando cambiar las reglas del juego para poder vivir en un mundo mejor, es algo no tiene precio. Me sentí más vivo que nunca, lleno de energía y como un niño pequeño que está explorando y aprendiendo cada día de todo lo que ve. Pfff, hay tanto tanto que aprender y tanto y tanto que ver que realmente es una sensación indescriptible… Y es que aprendí muchísimo de estos maravillosos niños y chicos jóvenes.

Lo primero que hice fue reafirmarme de lo afortunado que soy, no solo por vivir en un país con toda las comodidades, confort y posibilidades que tiene Europa. Sino por además tener la posibilidad de ir a otras regiones del mundo a ver cómo viven, cómo piensan, cómo interactúan. Pero por lo que realmente me sentí afortunado es por tener las ganas y el interés de estar aquí con ellos y aprender. Nunca los olvidaré, ni a ellos ni a su actitud y energía vital.

Aislarnos para encontrarnos

Una aventura tan intensa como la que estaba viviendo, a parte de generar vivencias que recuerdas siempre, consume también mucha energía. Así que necesitaba parar, descansar y coger fuerza para seguir con el viaje, por lo que cogí mi experiencia de aislamiento con muchísimas ganas e ilusión. Fue en una cabaña muy cerca de la playa. Allí conviví con dos chicos jóvenes y una gran cantidad de animales diferentes. Una experiencia totalmente única.

Tenía tanto que pensar, reflexionar y tantos momentos en mi mente que sentía la necesidad de hacer un “slow down” para darle vueltas a todo lo que estaba viviendo. La verdad que se convirtió en el momento que más recuerdo como de “fluir o arousal”. Recuerdo que tenía la energía, estaba en el entorno perfecto para desarrollar mis pensamientos, trabajar en mis ideas, meditar, sentarme a contemplar y agradecer todo lo que tenía.

Fue un momento que en este caso sí puedo describir: MÁGICO. Al mismo tiempo que mi cuerpo funcionaba despacio, mi cabeza fluía 10.000 veces más rápido a nivel de ideas y momentos. Quizás necesitaría 100 días enteros en España para desarrollar y generar todas las ideas que tuve en 3 días aislado en esa pequeña cabaña africana. Y es que no nos damos cuenta hasta que lo experimentamos.

Vivimos rodeados de ruido y estrés, a todos los niveles. Y eso lo único que hace es ocupar nuestras mentes con negatividad y pensamientos que no nos llevan a ningún sitio: nos nublan nuestra capacidad de crear. Pero a la que logramos desconectar de este mundo rutinario y tan sobrecargado descubrimos que nuestra mente era capaz de mucho más. Simplemente no le habíamos dado el espacio suficiente para que pudiera expresarse. No nos habíamos permitido conectarnos con nosotros mismos.

Después de esos días en aislamiento me sentí muy agradecido y muy contento por lo vivido. Haber tomado la decisión de iniciar esta aventura fue una de las mejores cosas que hice. Me sentía nuevo y preparado para todos los nuevos desafíos que podrían surgir. Lo que en un primer momento parecía un reto interminable sin ningún tipo de sentido se convirtió en una de las mejores experiencias que he vivido nunca. La idea original era ir desde España hasta Senegal, ¡y acabé haciendo mucho más! Tanto que cruce países en guerra y regiones inhóspitas. Y todo eso solo me demostró una cosa: que soy capaz de hacer mucho más de lo que pienso. Me superé a mi mismo y volví a empujar mis límites un poco más allá de mi zona de confort, expandiéndose y sintiéndome aún con más fuerza de lo que ya tenía.

Y todo eso solo me demostró una cosa: que soy capaz de hacer mucho más de lo que pienso. Me superé a mi mismo y volví a empujar mis límites un poco más allá de mi zona de confort, expandiéndose y sintiéndome aún con más fuerza de lo que ya tenía.
Así, gracias a este viaje he podido:

1. Conocerme mejor a mi mismo y saber cómo afrontar situaciones adversas.
2. Relativizar los problemas del día a día según las necesidades del momento.
3. Disfrutar el presente y lo que tengo en el momento.
4. Escuchar mas y hablar menos. Soy una minúscula parte de este universo donde todo está interconectado.
5. Ayudar siempre a los demás y ser agradable con toda persona que se cruce en mi camino. El poder del aprecio es demasiado grande como para no utilizarlo.
6. Sonreir, sonreir y sonreir. Cuanto más difícil y duro sea el momento con más fuerza debo sonreír y seguir adelante.
7. Nunca rendirse. Siempre hay momentos que piensas que no puedes más pero siempre es posible seguir.

El mismo día a día, ahora con nuevas herramientas

La vuelta a la rutina tras un viaje así es rara. Es como que no estás aquí, sino que tu cabeza está más allá. Como que te sientes más vivo allá donde estabas que donde estás ahora. La verdad es que es un mix de sensaciones muy intensas. Tienes la sensación más que nunca de que todo es temporal y nada es para siempre. Como que somos parte del todo y que no somos nada independientemente. Como que te sientes más pequeño en cuanto al ego y a lo material y enormemente más grande en cuanto a lo espiritual, a fluir, a sentir y percibir.

Tienes la sensación de que nada cambia pero al mismo tiempo todo cambia. Sientes que ya no eres tú. Has evolucionado. Has cambiado, aunque seguramente lo que te pasa es que tus prioridades, por tanto tu escala de valores, ¡ha cambiado para siempre! Creo que experiencias así te cambian tan profundamente que te afectan en todas las facetas de tu vida. Y la verdad que se trata de un cambio a mucho mejor.

Existe una conexión entre lo que vives en una aventura así y lo que vives en tu rutina. A diferente nivel, pero todo lo aprendido y vivido lo puedes traspasar.

Al haber tenido que afrontar tantas situaciones adversas, obtienes muchas herramientas para superar los problemas del día a día. Ahora ya no verás los problemas como tales, verás oportunidades a superar. Y una de esas herramientas tan útiles es tu memoria. Podrás recordar momentos de tu aventura, y revivir así cómo los superaste. Eso te servirá para decirte a ti mismo que todo es posible, y que puedes aplicar ese mismo espíritu a tu problema actual.Pero para ello, antes debemos decir sí a una aventura hacia lo desconocido.

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